A veces, es difícil separar qué o quién moldea los prejuicios e ideas que asumimos como ciertas desde pequeños: ¿son nuestros padres, abuelos y tíos? ¿Son las noticias? ¿Los profesores, tal vez? ¿O esa masa informe, borrosa pero implacable a la que llamamos sociedad? Seguramente, una mezcla de todo eso. Aunque, a veces, hay frases que escuchas, lees, o te dicen, y te atraviesan para siempre. Eso mismo le pasa al protagonista de La frontera encantada (Literatura Random House), del autor colombiano Giuseppe Caputo.
En su nueva obra, a medio camino entre la narrativa, la fantasía, lo autobiográfico y el ensayo, Caputo ilustra ciertas dualidades, incluso desequilibrios, que nos marcan: el de clase, el de género, o el de identidad sexual. El primer trauma del protagonista llega con tan solo siete años, cuando “la madre de mi mamá”, frente a un espejo que ha ayudado a recolocar, le dice: “Una parte tuya es más distinguida que la otra. […] Acuérdate de eso: tu perfil derecho es elegante y el izquierdo, en cambio, vulgar. Cuando te tomen fotos, muestra el lado derecho.” A partir de ahí, su vida y su manera de entender el mundo y, más importante, a sí mismo, cambian.
Aprovechando su visita a Barcelona, nos sentamos con Giuseppe para hablar sobre deseo, prejuicios de todo tipo, traumas, heridas, familia, el orden social, el poder del lenguaje y las máscaras sociales que aprendemos a atornillarnos a nosotrxs mismxs.

Hola Giuseppe, un placer saludarte. Fuiste seleccionado como uno de los mejores escritores jóvenes de Latinoamérica en 2017. ¿Cómo ha evolucionado tu visión de la nueva narrativa latinoamericana desde entonces hasta hoy?
Esa selección, que hace el Hay Festival, fue una oportunidad para conocer el trabajo de colegas escritores de toda Latinoamérica. Y ahora, siendo jurado del Premio Finestres, también ha sido una oportunidad para leer lo que se está escribiendo.
Me interesan mucho las propuestas que entienden la escritura no como un lugar necesariamente para llevar a cabo fórmulas del storytelling (inicios, desarrollos, nudos y desenlaces), sino como un desafío formal, político, intelectual, emocional y estético. En ese sentido, me ha interesado mucho el trabajo de autores como Diego Zúñiga, Carlos Manuel Álvarez, Juan Cárdenas, Mónica Ojeda, o Natalia García Freire.
Lo bueno de una lista es que siempre genera más listas. Superado quizá el momento de posible exclusión o inexistencia que puede provocar en quienes no entraron, la lista se recompone y se bifurca en nuevas listas. A mí, sobre todo, me ha interesado, también ahora como jurado, mirar escrituras que entienden el arte como un desafío estético, intelectual, político, formal y emocional.
Me interesan mucho las propuestas que entienden la escritura no como un lugar necesariamente para llevar a cabo fórmulas del storytelling (inicios, desarrollos, nudos y desenlaces), sino como un desafío formal, político, intelectual, emocional y estético. En ese sentido, me ha interesado mucho el trabajo de autores como Diego Zúñiga, Carlos Manuel Álvarez, Juan Cárdenas, Mónica Ojeda, o Natalia García Freire.
Lo bueno de una lista es que siempre genera más listas. Superado quizá el momento de posible exclusión o inexistencia que puede provocar en quienes no entraron, la lista se recompone y se bifurca en nuevas listas. A mí, sobre todo, me ha interesado, también ahora como jurado, mirar escrituras que entienden el arte como un desafío estético, intelectual, político, formal y emocional.
Tus novelas anteriores se inscribían dentro de la ficción, ¿qué te llevó en este momento de tu carrera a explorar un territorio más liminar entre la narrativa, lo autobiográfico, el ensayo y la fantasía?
Para mí, todo ha sido siempre autobiográfico. La cuestión es cómo hacer para que la ansiedad que pueda provocar el pacto autobiográfico se calme durante la escritura. Los dos primeros libros se ubican en ciudades imaginadas, que son reelaboraciones de mi ciudad natal, Barranquilla, y de las ciudades en las que he vivido (Barcelona, Bogotá, Nueva York e Iowa), pero, sobre todo, Barranquilla, que es Caribe.
Al presentar esa ciudad imaginada, de cara al pacto con el lector, puertas adentro podía ser lo más autobiográfico posible. En este nuevo libro quise hacer lo contrario: proponer un pacto autobiográfico que se va rompiendo a medida que avanza el libro.
Al presentar esa ciudad imaginada, de cara al pacto con el lector, puertas adentro podía ser lo más autobiográfico posible. En este nuevo libro quise hacer lo contrario: proponer un pacto autobiográfico que se va rompiendo a medida que avanza el libro.
Has mencionado que la obra surge de objetos y recuerdos reales, como el dibujo de la infancia o un hechizo frente al espejo. ¿Qué proceso sigues para transformar un documento íntimo en una pieza de ficción pública?
Para mí, la pregunta por el archivo era si incluía o no los dibujos dentro del libro, y decidí hacerlo. Oscilaba entre la fuerza de un vacío, a lo Barthes en La cámara lúcida, que habla de una foto de su madre, incluye todas las demás fotos de las que habla menos esa, y el archivo como posibilidad estética. Me decanté por incluirlos porque los dibujos de pájaros y los retratos dan cuenta de un trauma que pervive. Entiendo que la palabra ‘trauma’ remite a un lenguaje muy psicologista, pero, en términos literarios, lo entiendo como una imagen del pasado que se mantiene presente.
Me parecía que incluir esos pájaros era otra forma de escritura: daban cuenta de cómo el trazo infantil se transforma en un trazo más adulto y de cómo esa imagen traumática pervivió. Pero es un libro que quiere dejar la herida atrás, no quiere instalarse en ella. Ahí está la reflexión sobre cómo la herida puede ser también el espejo de Narciso. Hay un momento en que el narrador dice que, después de contar la herida, hay que contar la historia del deseo. Incluir esos dibujos era, por un lado, dar cuenta de un impacto óptico, pero también emanciparse de ahí.
Me parecía que incluir esos pájaros era otra forma de escritura: daban cuenta de cómo el trazo infantil se transforma en un trazo más adulto y de cómo esa imagen traumática pervivió. Pero es un libro que quiere dejar la herida atrás, no quiere instalarse en ella. Ahí está la reflexión sobre cómo la herida puede ser también el espejo de Narciso. Hay un momento en que el narrador dice que, después de contar la herida, hay que contar la historia del deseo. Incluir esos dibujos era, por un lado, dar cuenta de un impacto óptico, pero también emanciparse de ahí.
La novela comienza con un ‘loco’ ofreciendo una visión a una persona: que vea lo más hermoso del mundo, o lo más terrible. ¿Consideras que tu literatura es un intento de no elegir y en cambio fundir ambos extremos en cierta medida?
Sí, reconociendo que, como se ha dicho mucho desde la academia y el activismo, no es que seamos binarios, sino que el sistema es binario y, en ese sentido, nos parte. Cuando empiezan a mostrarse las visiones, el loco se las ofrece al protagonista y este se pregunta qué implicaría ver lo más hermoso y qué implicaría ver lo más terrible. Empieza a dudar; está el concepto del asma psíquica, porque digo que yo era asmático, pero se me fue el asma de los pulmones a la cabeza.
Entonces empieza, ¿cuál escojo, cuál escojo, cuál escojo? Piensa que la imagen de lo más horrible, la imagen violenta, puede provocarle un impacto del que será difícil recuperarse; pero también que la imagen más bella quizá haga que todo lo que vea en adelante le parezca deslucido. Ante la duda, el loco le propone: ‘Pues tiremos una moneda’. Él no ve en cuál cae y empiezan a mostrarle las visiones. Entonces nos asalta la pregunta, ¿esto es lo terrible o es lo bello? Para mí es, sobre todo, una imagen que trasciende lo individual y se vuelve una posible imagen colectiva.
Entonces empieza, ¿cuál escojo, cuál escojo, cuál escojo? Piensa que la imagen de lo más horrible, la imagen violenta, puede provocarle un impacto del que será difícil recuperarse; pero también que la imagen más bella quizá haga que todo lo que vea en adelante le parezca deslucido. Ante la duda, el loco le propone: ‘Pues tiremos una moneda’. Él no ve en cuál cae y empiezan a mostrarle las visiones. Entonces nos asalta la pregunta, ¿esto es lo terrible o es lo bello? Para mí es, sobre todo, una imagen que trasciende lo individual y se vuelve una posible imagen colectiva.
Hay otra pregunta que se plantea al principio de la obra: ¿qué es más terrible para el alma humana, que se note que se ha puesto una máscara o que no se note en absoluto? Tras escribir La frontera encantada, ¿te ves capaz de responder a tu propia pregunta?
Sí, pienso que es peor que no se note. Esa pregunta apunta a la manera en que aceptas o no un orden y una jerarquía social que definitivamente tienen que cambiar. Todo el tema del hechizo social, del lado vulgar y del lado elegante, apunta a una aspiración: subir en ese orden. Eso es lo que quiere la abuela. El protagonista no quiere eso; quiere llegar a una conciencia política y cambiarlo. En ese sentido se aleja de lo aspiracional y se politiza. Cualquier máscara (la que usa el poderoso o la que usa una persona inferiorizada dentro del orden social) hace que ese orden se mantenga. El protagonista busca la transformación política, de los lazos más pequeños a los mayores.
El libro va cambiando de temas. Después entra una escritura sexual, y el sexo aparece como una inclusión. Estas jerarquías empiezan a reproducirse de maneras provechosas o conservadoras. Cuando se habla de escritura sexual, a menudo se da por hecho que busca erotizar al lector. Pero cualquier persona que ha tenido sexo sabe que no siempre es un espacio y un tiempo de placer: también pueden entrar la decepción, la violencia o el aburrimiento. La escritura sexual oscila entre esas emociones y un momento de reconocimiento de cómo, en el sexo, uno vive con todo el cuerpo; de cómo una opresión puede cesar con un cambio de tiempo. ¿Tú cuántos años tienes?
El libro va cambiando de temas. Después entra una escritura sexual, y el sexo aparece como una inclusión. Estas jerarquías empiezan a reproducirse de maneras provechosas o conservadoras. Cuando se habla de escritura sexual, a menudo se da por hecho que busca erotizar al lector. Pero cualquier persona que ha tenido sexo sabe que no siempre es un espacio y un tiempo de placer: también pueden entrar la decepción, la violencia o el aburrimiento. La escritura sexual oscila entre esas emociones y un momento de reconocimiento de cómo, en el sexo, uno vive con todo el cuerpo; de cómo una opresión puede cesar con un cambio de tiempo. ¿Tú cuántos años tienes?
Treinta y dos.
Yo el miércoles cumplo cuarenta y cuatro. Crecí con todo el miedo de la crisis del VIH. Las primeras experiencias sexuales eran muy tímidas y estaban llenas de miedo. El libro también da cuenta de ese primer sexo verdaderamente emancipado por parte de los dos, y de cómo una emancipación cuajó no individual, sino colectivamente, porque un buen polvo siempre es, yo digo, producto colectivo.
“La herida nunca es individual: es colectiva, un dolor social e histórico.”
Como homosexuales, crecemos con el miedo y el estigma hasta que, de adulto, descubres que existe la PrEP y que personas con VIH que están medicadas pueden ser intransmisibles. Pero todavía existen ese estigma y ese miedo.
Para que llegues a desarrollar sida, ¿qué tiene que pasar? Antes ni siquiera se conocía. Sí, tienes ese trauma. Hay jóvenes a quienes les tocó vivir un momento muy distinto. Yo recuerdo que salía descalzo a la calle en Barranquilla y alguien de mi familia gritaba, ¡cuidado, se te pega el sida!
Bueno, en el libro creo que aparece, ¿no?
Sí, porque ni siquiera se sabía cómo se transmitía. Todo lo que ha pasado es inconmensurable, el cambio de tiempo que hubo. Ahora uno se queja porque Heartstopper es muy virginal o porque Heated Rivalry tiene personajes muy heterosexualizados; pero antes no había representación, era muy difícil. Y eso ha pasado en relativamente poco tiempo. Para mí era recordar que, en un momento de fascismo ascendente, un cambio de tiempo es posible.
Siguiendo con el tema de la máscara, escribes, “ponerse una máscara a uno mismo es martillarse la cara pensando que no hay violencia en el gesto”. ¿Tú recuerdas cuándo te diste cuenta de esta violencia autoinfligida y qué has hecho desde entonces para arrancártela?
Creo que, a medida que uno se politiza y tiene claro que no busca la aspiración (yo separo aspiración de deseo: una cosa es querer tener una vida chévere y otra querer ascender en una jerarquía horrible), entiende que ese trabajo es largo. La empleada era para mí un horizonte de emancipación muy claro: una mujer que se horizontalizaba no solo con los niños, sino también con la abuela; era la que tiraba la bomba de la verdad.
Mi papá es italiano. Cuando fui a Italia por primera vez, a Calabria, a un pueblo muy pequeño, tenían ese mito de los tíos, hermanos o primos que se fueron a América. Y tenían empleada. Yo decía: claro, ese era el símbolo de estatus. Es un país tan pobre que incluso las personas pobres tienen empleados; siempre hay alguien más pobre. Dentro de esa jerarquía, ella era realmente un horizonte de emancipación política, porque no permitía que el afecto se tiñera de formas ladinas de inferiorización. Allí se dice mucho que la empleada es ‘como de la familia’. Y ella respondía: no, y me pagan la prima. Y que la familia permitiera ese discurso daba cuenta de una sensibilidad política, muchas veces inconsciente e intuitiva, que ayudaba a no naturalizar esas jerarquías sociales.
Mi papá es italiano. Cuando fui a Italia por primera vez, a Calabria, a un pueblo muy pequeño, tenían ese mito de los tíos, hermanos o primos que se fueron a América. Y tenían empleada. Yo decía: claro, ese era el símbolo de estatus. Es un país tan pobre que incluso las personas pobres tienen empleados; siempre hay alguien más pobre. Dentro de esa jerarquía, ella era realmente un horizonte de emancipación política, porque no permitía que el afecto se tiñera de formas ladinas de inferiorización. Allí se dice mucho que la empleada es ‘como de la familia’. Y ella respondía: no, y me pagan la prima. Y que la familia permitiera ese discurso daba cuenta de una sensibilidad política, muchas veces inconsciente e intuitiva, que ayudaba a no naturalizar esas jerarquías sociales.
En la adolescencia del narrador, los vínculos se traman como transacciones clasistas y códigos homófobos, ¿cómo sobrevive la ternura en un entorno tan rígido y tan jerarquizado?
Creo que todas las emociones son emociones velcro. Jeffrey Eugenides tiene una reflexión hermosa en Middlesex: dice que la mejor prueba de que el lenguaje es patriarcal no son tanto los pronombres, sino la manera tan monolítica en que hablamos de las emociones. Palabras como rabia o tristeza no le dicen mucho; preferiría emociones más específicas. En ese sentido, yo entiendo la ternura. Mariana Enríquez habla de ternura y sordidez, y pienso que ambas tienen que ver con una suspensión del asco. Ahora que tengo una perra, la adopté de la calle mientras empezaba a escribir el libro, aparece la caca, todo eso. Hay un momento en que todo se suspende, y creo que ahí entra tanto la ternura como la sordidez. Cuando uno suspende el asco o la facilidad de impresionarse ante algo, surgen ambas y pueden estar muy cerca.
La ternura puede ser triste o feliz. Hay, por ejemplo, una escena de un hombre mayor que le hacía mamadas al protagonista todas las noches; se vestía, se ponía corbata y se perfumaba como parte de un ritual. Para mí hay ahí una ternura muy pegada a la soledad y a la idea de que él solo podía complacer, de que no estaba dispuesto a desnudarse. Aunque también puede ser su matriz, y punto. La ternura siempre está pegadita a algo más. Pero, sobre todo, tiene que permitir la justicia: poner la lupa sobre una situación de injusticia, agrietarla y mostrar un camino de emancipación.
La ternura puede ser triste o feliz. Hay, por ejemplo, una escena de un hombre mayor que le hacía mamadas al protagonista todas las noches; se vestía, se ponía corbata y se perfumaba como parte de un ritual. Para mí hay ahí una ternura muy pegada a la soledad y a la idea de que él solo podía complacer, de que no estaba dispuesto a desnudarse. Aunque también puede ser su matriz, y punto. La ternura siempre está pegadita a algo más. Pero, sobre todo, tiene que permitir la justicia: poner la lupa sobre una situación de injusticia, agrietarla y mostrar un camino de emancipación.
¿Planteas que el sexo y el goce, como estábamos hablando, pueden ser un contrachizo frente al trauma? ¿Cómo logra un cuerpo liberarse de veredictos sociales como corroncho o loca?
Sí, como Didier Eribon. Tiene un libro que se llama La sociedad como veredicto. Son palabras que ya han sido apropiadas: corroncho, por ejemplo, está muy apropiada en el Caribe. Está el concepto del corroncho alegre, alguien que rechaza decididamente ciertos códigos y etiquetas. Muchas veces, en ese tipo de pensamiento, la educación es etiqueta. En el libro, el libro sagrado de la abuela no es la Biblia, sino el Manual de urbanidad y buenas maneras de Carreño.
Eso está muy totalizado por un tipo de persona. Se trata de aprender a desnaturalizar un pensamiento político que no ha sido consciente —o no lo es todavía— de la inferiorización que provoca y de la inferiorización que se internaliza. El narrador trata de pensar por primera vez esas palabras. Cuando le dicen: ‘Tu papá es loco y tú eres loca’, él piensa ese juego de palabras: ¿qué te dicen cuando te dicen loco?, ¿qué te dicen cuando te dicen loca? Cuando te dicen loco, estás por fuera de lo que llamamos vida real; cuando te dicen loca, te traen de vuelta a esa realidad, pero inferiorizándote. ¿Qué es la loca? Un hombre teñido de mujer. Se trata de llegar a una definición propia de esas palabras para desligarte o resignificarlas. Es algo que toda la lucha LGBT+ ha sabido hacer históricamente.
Eso está muy totalizado por un tipo de persona. Se trata de aprender a desnaturalizar un pensamiento político que no ha sido consciente —o no lo es todavía— de la inferiorización que provoca y de la inferiorización que se internaliza. El narrador trata de pensar por primera vez esas palabras. Cuando le dicen: ‘Tu papá es loco y tú eres loca’, él piensa ese juego de palabras: ¿qué te dicen cuando te dicen loco?, ¿qué te dicen cuando te dicen loca? Cuando te dicen loco, estás por fuera de lo que llamamos vida real; cuando te dicen loca, te traen de vuelta a esa realidad, pero inferiorizándote. ¿Qué es la loca? Un hombre teñido de mujer. Se trata de llegar a una definición propia de esas palabras para desligarte o resignificarlas. Es algo que toda la lucha LGBT+ ha sabido hacer históricamente.
Bueno, creo que todos los colectivos que han sido marginalizados acaban reapropiándose de las palabras que se usan para atacarnos, ¿no? Por ejemplo, las personas negras en culturas anglosajonas usan la ‘n-word’. Aquí en España se usa mucho el ‘maricón’ también.
Para mí también es importante mirar cuándo un discurso termina necesitando al otro. Hay iconoclastias muy conservadoras, primero muy yoicas, que necesitan un orden conservador para poder ser iconoclastas. Es importante saber hacia dónde llevar el discurso para que no termine deseando inconscientemente un orden conservador. Esa es la discusión de este grupo de maricas en una escena del capítulo, Idea y espejo. Cuando el protagonista cuenta la historia de que le dicen loco y loca, alguien dice: ‘Ay, pero no más estas historias; eso ya es viejo, ya fue superado’, y luego piden la historia de amor.
También ha habido una necesidad de eso: por un lado, reconocer que ha habido mucha representación injuriante de la homosexualidad y de lo homosexual históricamente. Una manera de ir contra los finales tristes o trágicos fue la historia de amor. Muchas veces esa historia de amor se ha representado entre dos éxtasis: el del enamoramiento y el del despecho. Películas como Call Me by Your Name: luna de miel, verano en Italia, bla, bla, bla, despecho. O Brokeback Mountain, igual.
El protagonista de este libro dice: ‘Ay, no, es que no me interesa tanto contar una historia de amor, pero bueno, cuento la mía’. Lo que se pregunta es: ¿Qué hay en la ansiedad de contar la herida? Quiero contar la herida porque no la he superado; ese es el vicio. Pero la herida nunca es individual: es colectiva, un dolor social e histórico. Sería un cinismo decir que no hay herida. Pero se pregunta, ¿y si estoy como Narciso en el lago mirando la herida? ¿Hasta cuándo hay que recordar? ¿En qué momento el trabajo de la memoria se empieza a pudrir? El trabajo de la memoria empieza a pudrirse y a desear la herida. Quizá más difícil o más complicado que la herida es el deseo de tenerla.
También ha habido una necesidad de eso: por un lado, reconocer que ha habido mucha representación injuriante de la homosexualidad y de lo homosexual históricamente. Una manera de ir contra los finales tristes o trágicos fue la historia de amor. Muchas veces esa historia de amor se ha representado entre dos éxtasis: el del enamoramiento y el del despecho. Películas como Call Me by Your Name: luna de miel, verano en Italia, bla, bla, bla, despecho. O Brokeback Mountain, igual.
El protagonista de este libro dice: ‘Ay, no, es que no me interesa tanto contar una historia de amor, pero bueno, cuento la mía’. Lo que se pregunta es: ¿Qué hay en la ansiedad de contar la herida? Quiero contar la herida porque no la he superado; ese es el vicio. Pero la herida nunca es individual: es colectiva, un dolor social e histórico. Sería un cinismo decir que no hay herida. Pero se pregunta, ¿y si estoy como Narciso en el lago mirando la herida? ¿Hasta cuándo hay que recordar? ¿En qué momento el trabajo de la memoria se empieza a pudrir? El trabajo de la memoria empieza a pudrirse y a desear la herida. Quizá más difícil o más complicado que la herida es el deseo de tenerla.
Este deseo de tener la herida, entiendo que el saberse víctima también da unas herramientas para luchar, vivir la compasión o esa ternura triste de la que hablabas. Aunque en lo personal, creo que esa herida tiene que ayudarnos a luchar, incluso de manera violenta para combatir.
Ahí entran las formas de herir. Hay una escena en la que un padre y una madre le toman una foto a un hijo en un parque. El protagonista ve una escena que él también vivió y que creo que todo el mundo ha vivido: el padre y la madre empiezan a darse cuenta de que el niño mariquea de manera espontánea, de que, cuando le toman una foto, parte cadera. Entonces empieza la ansiedad porque se dan cuenta de que la reproducción no necesariamente implica una reproducción ideológica. El papá, de manera vertical y militar, lo amenaza con castigo y expulsión: ‘Si te sigues portando así, te va a pasar esto’. La madre le dice lo mismo de una manera dulce: ‘Así no te van a querer’. Eso es un veneno: una dulzura conservadora. Él lo llama un afecto conservador. ¿Qué se hace ante la abuelita tierna que te dice: ‘Yo te quiero aunque seas así’? O ese lazo se transforma políticamente, o hay una ruptura.
Si no pasa ninguna de esas dos cosas, se mantiene (que es lo que siempre pasa) como un afecto conservador. Son billones de personas que aman de esa manera. Creo que hay que pensar otro orden afectivo que no sea una reproducción de la familia (hermano, madre, familia escogida), sino imaginar un orden que no pase por esos lugares de dulce inferiorización.
Si no pasa ninguna de esas dos cosas, se mantiene (que es lo que siempre pasa) como un afecto conservador. Son billones de personas que aman de esa manera. Creo que hay que pensar otro orden afectivo que no sea una reproducción de la familia (hermano, madre, familia escogida), sino imaginar un orden que no pase por esos lugares de dulce inferiorización.
Ya, pero es difícil, especialmente con los abuelos, que son de otra época. En España crecieron en una dictadura nacional-católica durante cuarenta años, represiva y autoritaria, que regía la educación, las leyes, la justicia, etc. Hablando de esto, ¿crees que la propia familia es la primera represión? Porque ‘la sociedad’ es un concepto abstracto; a veces son tus padres o abuelos los primeros que te dicen que eres, como indicas en el libro, demasiado moreno, vulgar, o cualquier otra cosa.
Colombia es muy fuerte, hay un conservadurismo muy naturalizado. Muchas veces se entiende como homofobia al papá que echa al hijo de casa, una homofobia directa o explícitamente violenta, pero ponerse a llorar porque el hijo es gay también es homofobia. Ahí está la dificultad. Por eso hay escenas sexuales que son cosas que uno vive: estás a punto de empezar a follar, suena el teléfono con un timbre especial y el chico dice: ‘Un momento, que es mi mamá’. Atiende y dice: ‘Sí, mamita, acá, juicioso’. Uno empieza a deserotizarse.
Son escenas que me gusta mirar porque son relaciones muy truculentas que, al estar rodeadas de sacralidad, no permiten ver la truculencia. Hay una parte, no sé si llegaste ahí, en la que cuento que trabajé en la Rambla, en un restaurante, y me tocaba atender despedidas de soltero.
Son escenas que me gusta mirar porque son relaciones muy truculentas que, al estar rodeadas de sacralidad, no permiten ver la truculencia. Hay una parte, no sé si llegaste ahí, en la que cuento que trabajé en la Rambla, en un restaurante, y me tocaba atender despedidas de soltero.
“Hay que pensar otro orden afectivo que no sea una reproducción de la familia (hermano, madre, familia escogida), sino imaginar un orden que no pase por esos lugares de dulce inferiorización.”
Sí, qué horror.
El show consistía en que el stripper se ponía el uniforme de los camareros y luego se desnudaba. Una vez se salió de madre: el stripper terminó desnudo por completo y la novia y su madre terminaron haciéndole una mamada, cada una. Cuando recordamos la escena al día siguiente, todos mis compañeros dijeron, qué horrible, y yo dije, qué interesante. Desde entonces he estado solo en esa opinión.
(Risas) Entiendo que no te apoyaran. ¿Qué ves ahí de interesante?
La reflexión es cuándo el psicoanálisis se vuelve un obstáculo para pensar otras cosas. Puede entenderse desde la monstruosidad psicoanalítica, y creo que esa será la lectura general y mayoritaria; para mí fueron dos personas que se desvincularon de una manera gozosa. De la sacralidad del lazo. Cuando se habla de abolir la familia, se entiende como una dinamita. Pero en una escena así, que entiendo que es radical por el componente sexual, veo otra cosa: la posibilidad de reelaborar totalmente un lazo, desacralizarlo y desfamiliarizarse desde la alegría.
Me imagino que, al día siguiente, en el matrimonio, nadie se quería ver con nadie, pero, como tiene el componente sexual, es más difícil y más radical. El protagonista dice: ‘Muchas veces decimos: mi madre es mi mejor amiga, como una manera de desacralizar el lazo’. Pero plantea lo contrario: ‘Mi mejor amiga fue alguna vez mi madre’. Hay siglos entre una oración y la otra. No se trata de despreciar el lazo, sino de reconfigurarlo e imaginar otro orden. El libro propone hacerlo desde algo más alegre y festivo.
Ana Pazos me decía: ‘Esta es una pesadilla nueva’, como si yo estuviera solo en esto; en el libro, de hecho, el protagonista está solo en eso: todos le dicen que está totalmente loco. Pero, si lo pensamos desde la alegría, una estatua puede bajarse con dinamita, pero también puede simplemente bajarse.
Me imagino que, al día siguiente, en el matrimonio, nadie se quería ver con nadie, pero, como tiene el componente sexual, es más difícil y más radical. El protagonista dice: ‘Muchas veces decimos: mi madre es mi mejor amiga, como una manera de desacralizar el lazo’. Pero plantea lo contrario: ‘Mi mejor amiga fue alguna vez mi madre’. Hay siglos entre una oración y la otra. No se trata de despreciar el lazo, sino de reconfigurarlo e imaginar otro orden. El libro propone hacerlo desde algo más alegre y festivo.
Ana Pazos me decía: ‘Esta es una pesadilla nueva’, como si yo estuviera solo en esto; en el libro, de hecho, el protagonista está solo en eso: todos le dicen que está totalmente loco. Pero, si lo pensamos desde la alegría, una estatua puede bajarse con dinamita, pero también puede simplemente bajarse.
Eso que decías de la amistad me parece importante. Los padres son figuras de autoridad, aunque no sean personas autoritarias. La amistad es muy horizontal y la familia mucho más vertical. Puedes ser amigo de tu hermano, pero de tu padre o de tu madre se me hace un poco extraño.
Hay otro personaje que dice: ‘Si se eliminara la familia, se eliminarían los mitos y se eliminaría la religiosidad’. Y otro responde: ‘Podríamos pensar en otros mitos: el sol y la luna ya no serían madre, padre o hijo; podrían ser el amigo de la noche y el faro de…’. Es una imagen que se discute y cuya última palabra la tiene el chico que les dice: ‘¿Están locos?’ Pero me parece una imagen que permite pensar en lo que el arte debería apuntar: imágenes que resetean la vida, que hacen replantearte las cosas en otro orden. Hay, por ejemplo, un documental que se llama I Married the Eiffel Tower, sobre mujeres que se enamoran de estructuras públicas.
¡Las personas objectum sexuales! Vi a una que estaba enamorada de una de las grúas que construyó la Sagrada Familia. Y otra que se enrollaba con una atracción de un parque de atracciones. He visto vídeos en YouTube pero no el documental.
Hay una parte que, después de eso, mira ese documental: hace una écfrasis. Más allá de si hay un diagnóstico psiquiátrico o no, la verdad, no me interesa, cualquiera de nosotros puede ser diagnosticado psiquiátricamente. ¿Quién sabe si en quince años la física cuántica revela algo sobre los objetos afectivos? Uno no tiene ni idea. Más allá de eso, lo que me fascinó fue la mirada de la directora, porque suspende el juicio y el diagnóstico. Lo que pregunta es: ¿cómo se siente tirar con la Torre Eiffel? Empiezan a hablar del intercambio de temperatura, del metal con la piel, y eso me pareció fascinante.
Es la misma que había estado enamorada de su arco cuando competía disparando, ¿no?
Sí, Erika. Estuvo compitiendo con el arco. Lo rompieron.
Sí. Y ya nunca más fue tiradora de arco. Me pareció bastante loco pero me fascinó también.
Por ejemplo, la discusión alrededor del Muro de Berlín: no le dicen ‘estás loca’, sino ‘¿cómo te vas a enamorar de algo que trajo tanta división?’ Para mí, son imágenes que no requieren estar de acuerdo o en desacuerdo: provocan pensamiento, un reseteo radical de las cosas y una suspensión. ¿Cómo sería el mundo si esto cuajara como conocimiento y educación? ¿Si llegáramos a comprender que los objetos no son solo cosas, sino que permiten una relación?
Para cerrar, aunque en realidad me los has mencionado al principio, pero a lo mejor me das alguno más. A ti te seleccionaron entre los mejores escritores latinoamericanos en 2017, pero, ¿qué nombres seleccionarías tú en 2026?
No sé exactamente qué edades tienen, pero diría Pol Guasch, Natalia García Freire, una escritora colombiana que se llama Yulieth Mora, un escritor colombiano que se llama Pedro Carlos Lemus y Carlos Manuel Álvarez, sin duda. Es un escritor cubano verdaderamente genial, también políticamente, porque es antirrégimen castrista y se ha mantenido en la izquierda, algo muy difícil. Está exiliado porque fue perseguido. Vive entre Miami y Nueva York, escribe mucho para El País y tiene un diálogo hermoso con el barroco. Políticamente, reconoce una perversión que empezó con un régimen de izquierda y cómo la prolongación de la dictadura desluce cada vez más la revolución cubana. A la vez, su discurso no puede ser cooptado por el fascismo. El dolor provocado por la izquierda se coapta muy fácilmente desde el fascismo; él se mantiene lejos de eso. Sobre todo lo pondría como uno de los más destacados. Estuvo en esta lista, pero creo que sigue siendo tan joven que todavía calificaría para una nueva.
Me gustan también Alia Trabucco Zerán, de Chile, y Ariel Richards. De los que leímos ahora para el Premio Finestres, quisiera destacar a Silvana Vogt, que lo ganó con un libro que nos enamoró desde que lo leímos, hace ya casi un año; salió en febrero del año pasado. También Tamara Silva, de Uruguay. Hay varios.
Me gustan también Alia Trabucco Zerán, de Chile, y Ariel Richards. De los que leímos ahora para el Premio Finestres, quisiera destacar a Silvana Vogt, que lo ganó con un libro que nos enamoró desde que lo leímos, hace ya casi un año; salió en febrero del año pasado. También Tamara Silva, de Uruguay. Hay varios.
