Una silueta remota corona el Estadio Metropolitano. Ye camina sobre una semiesfera de trece metros de altura que conquista el centro del recinto, su satélite particular. No hay ninguna persona alrededor: no se han vendido entradas en pista, no hay grandes artistas invitados, tampoco cámaras, ni siquiera pantallas para ver de cerca a la superestrella en cuestión. Todos los vídeos de esa noche están hechos con zoom. Es él; él y nadie más. Así se ha presentado Kanye en Madrid para su gira europea delante de sesenta y cinco mil personas. Cualquier otra forma resultaría demasiado humilde.
La primera melodía que sonó fue King, de su último disco, Bully. “This is the hour, this is the new dawn”, reza la letra. No obstante, las nueve de la noche en pleno verano madrileño es una hora con demasiada claridad. Ye comenzó a cantar de día, sin casi iluminación, aunque esta fue adquiriendo cada vez más protagonismo a medida que avanzaba la noche. La escenografía estaba prometida como uno de los mayores atractivos del show y un espectáculo sin precedentes; y así fue. Incluso se sabe que contrató a unos ochenta modelos de tez negra para hacerlos desfilar por el estadio, pese a que finalmente no sucedió. Pero todos y cada uno de los asistentes conocían con seguridad las imágenes de aquel impresionante escenario. El mensaje es sencillo: estás ante el rey del mundo.
La puesta en escena funciona porque es coherente. Kanye no es cercano ni quiere serlo. Da igual lo que dicte el marketing contemporáneo: Bad Bunny puede ser Benito Antonio Martínez Ocasio, Taylor Swift sigue estirando el rollito de ‘the girl next door’, y Rosalía juega a que sientas que canta solo para ti; pero Ye no. Él es cortante, impredecible y le da igual (incluso le agrada) si su opinión molesta. Esta fascinación por la polémica es muy reveladora cuando amplifica verdades incómodas (como el Grammy que quizás sí debió haber ganado Beyoncé por el vídeo de Single Ladies); pero también peligrosa. Es justo en ese espectro donde habita West.
Veinte años han transcurrido desde la única actuación que Kanye habría ofrecido en España. Fue en marzo de 2006 en la sala Razzmatazz con un timidísimo aforo de dos mil asistentes. Por eso, el anuncio del show en Madrid corrió como la pólvora. No ocurrió lo mismo con las entradas, que no llegaron al sold out a pesar de las cancelaciones en Reino Unido, Francia, Italia, Polonia y Suiza. “Estoy en España solo por este concierto, si no, no hubiera venido”, comentaba a la salida un fan de origen bariense. Las cifras hablan de cuarenta mil asistentes extranjeros.
Las cancelaciones en otros países europeos se apoyan en las reiteradas conductas antisemitas del artista, que le llevaron incluso a vender camisetas con esvásticas o enaltecer a Hitler en canciones. En enero de este año, West se retractó en una carta que publicó en el Wall Street Journal, titulada To Those I’ve Hurt. Se excusó en su frágil estado de salud mental, como consecuencia de un trastorno bipolar. Pero la probada inestabilidad de Kanye complica no pensar en la típica fábula de Pedro y el lobo. Aún habrá que esperar para que un concierto suyo vuelva a Londres.
También es de mención obligada el setlist. Kanye llegó a cantar casi cuarenta canciones durante hora y media, la gran mayoría en versión reducida. Repasó una a una todas sus etapas: desde clásicos más inesperados como Through The Wire (perteneciente a su era The College Dropout), hasta el polémico Famous o el inédito Everybody, aún sin publicar por problemas legales. Tampoco faltaron los clásicos Nig**as in Paris, Fade, Heartless, Run This Town o Runaway, con la que casi puso fin al concierto. Toda una delicia para los fans y un recordatorio de que no en vano se le trata como una leyenda viva. Eso sí, también fueron muchos los comentarios en redes mencionando la poca calidad del sonido.
Incluso en un país como España, donde la cultura anglosajona no ha permeado tanto como en el resto de Europa, se vivieron momentos excepcionales en los que toda la grada cantaba al mismo tiempo. Sobra decir que la experiencia resultante es casi mágica, un coro celestial enamorado de uno de los raperos más relevantes de todos los tiempos. Por su parte, solo una vez Kanye pronunció la palabra “Madrid”. Ocurrió en la primera media hora y pasó un poco desapercibido. Tampoco se despidió al acabar. Al público no pareció importarle demasiado el gesto.
