Recién llegado de la Milan Design Week, donde ha presentado la butaca Palma para Sancal y unos estampados sobre lino para la pequeña empresa francesa Garro Éditions, Marc Morro me recibe en el inmenso terrado de su estudio en Poblenou. A lo lejos, algunos símbolos arquitectónicos de la ciudad de los prodigios nos observan. Entre el marasmo de edificios, Marc me hace notar la cruz que corona la torre central de la Sagrada Familia y que culmina el sueño de muchos. Una ciudad en transmutación constante que parece querer que olvidemos su pasado industrial y de luchas obreras, decidida a erigirse como una urbe engullida por el gran capital y las operaciones especulativas.
Durante los siglos XIX y XX, el Poblenou era conocido como el Manchester catalán por ser el epicentro de la industria textil. Tras la crisis industrial de los años 60 y 70, muchas fábricas cerraron. Desde los 90 y con el proyecto 22@, se ha intentado reconvertirlo en un distrito tecnológico y de diseño en el que conviven todo tipo de iniciativas. Estudios Bolivia destaca por agrupar a un colectivo de diseñadores independientes que mantienen a flote la excelencia del diseño que dio fama mundial a la ciudad. Hablando con Marc, uno entiende que no está todo perdido y que efectivamente la calidad del mobiliario de los espacios que habitamos nos ayuda a ser más felices.

Enhorabuena por el Premi Ciutat de Barcelona 2025 en la categoría de Diseño y Moda.
No soy muy fan de los premios, pero en defensa de los Premis Ciutat de Barcelona tengo que decir que es uno al cual no te apuntas ni has de pagar para inscribirte, y esto hace que tenga sentido. Hoy en día hay premios que son un negocio y esto no quiere decir que el premio no tenga reconocimiento en sí mismo, pero no es una filosofía que me interese. En este caso, no lo esperaba. Me llamaron del Ayuntamiento y pensé que era una multa del coche o que me había olvidado de pagar el trimestre, pero no, era el regidor de cultura. Siempre se recibe bien un premio y además tiene una dotación económica, que también es importante.
El jurado ha valorado la colección Wally en concreto, pero también tu trayectoria.
La Wally la describo en dos sentidos. Si hablamos de materialidad, en un sentido, y si hablamos de formalidad, en otro. A la vez hablan de lo mismo pero de maneras distintas. Si hablamos de formalidad, en el fondo estamos usando superficies que únicamente cortamos con formas rectangulares o cuadradas, les hacemos un agujero y evitamos tener que añadir cualquier otro material. Incluso los agujeros los hacemos repetidos arriba y abajo en las puertas. Una misma puerta puede servir para la derecha y la izquierda. Llega totalmente desmontado por piezas y los mecanismos son todos de ferretería.
Para simplificar el proceso.
Hay algo de sintetizar a través de la universalidad, aunque en otros proyectos me interesa lo contrario. En este caso, Teulat pretendía hacer una colección que también fuera modesta en precio y que esa modestia también se transmitiera como concepto. A través de la forma se consigue que todos los elementos los puedas encontrar en la ferretería y a medida. Tiene esta universalidad. El DM normalmente es el corazón de muchos muebles. Se suele forrar, chapar en madera, lacar y cantonear. No dejan de ser virutas de madera comprimidas que hacen que quede esta superficie. Se deja completamente crudo y se barniza porque, si no, acabaría hecho un desastre. Queda un acabado como crudo y es bastante económico. En los últimos años he utilizado el recurso del DM en muchos muebles a medida para clientes particulares. Cuando usas un material muchas veces, te lo apropias, pero a mi escala y a mi manera. Cuando se barniza tiene este acabado casi como cartoneado o marmolado. A mí me gusta mucho y lo he defendido siempre. He desarrollado muchas piezas con este material porque tiene una gran honestidad. Es un poco como el cerdo, que se aprovecha todo.
Esta imagen me hace pensar en la matanza del cerdo. ¿Tienes experiencia en este tipo de rituales grupales?
A ver, soy de Mallorca y he acudido alguna vez a alguna matanza, pero no ha sido un ritual frecuente en mi infancia. Es algo tremendamente macabro y muy heavy. Toda esta barbaridad tiene sentido porque no hay nada que no se aproveche.
Lo pregunto por si hay algún tipo de paralelismo en tu forma de trabajar. Esta idea de disponer de unos materiales, tener un objetivo y hacer lo más que se pueda con lo que tienes. ¿Cómo es tu lucha interna con la profesión?
Siempre están las limitaciones que tienes en todo. Hay dos maneras de afrontar el proyecto, con limitaciones y sin limitaciones. Las dos son válidas. Trabajo más con limitaciones, que igual me viene bien. He trabajado bastante tiempo para proyectos a medida que han definido una manera de trabajar con los proveedores porque las piezas eran únicas. Tienes acceso a otro tipo de cosas porque la limitación también limita en bien. Tengo este material para trabajar, pues trabajo con esto. Hay gente que lo hace al revés, y me fascina. Tengo todo, puedo hacer lo que quiera y luego ya veré cómo lo hago. Y esos son los que realmente acaban dando los grandes pasos, porque parten del todo y luego ya miran cómo lo hacen. A mí trabajar así, te diría que me estresa.
“Eso de voy a hacer lo que quiera y luego ya veré cómo lo hago me genera ansiedad. Me gusta trabajar desde el tenemos esto, pues hacemos tal cosa.”
Es demasiado
Exacto. Eso de voy a hacer lo que quiera y luego ya veré cómo lo hago me genera ansiedad. Me gusta trabajar desde el tenemos esto, pues hacemos tal cosa. No quiere decir que en el proceso no vayan apareciendo cosas que no tienes en cuenta o que tienen otra manera de solucionarse.
¿La Wally es una colección que se termina con estas piezas, o puede crecer con otras?
Hemos hecho una mesita de dos cajones y una de seis más alta tipo cajonera. Luego está el aparador, que es la pieza más grande, y el llamado mueble de televisión. Son las tipologías que la marca y que la mayoría de empresas que trabajan tipologías de almacenaje comercializan. Eso no quita que no tenga una capacidad de crecimiento para proyectos especiales en un futuro. Todas las tipologías comparten componentes entre ellas, lo cual también lo facilita. Pero no es una colección que esté proyectada de manera modularmente única, de poner un módulo que puede crecer hacia un lado o hacia el otro.
Siempre me intrigáis la gente que sois capaces de materializar una idea. Igual que los dioses, sois capaces de crear algo que el común de los mortales no es capaz de hacer. ¿Cómo afrontas un nuevo proyecto?
Me parece una comparativa demasiado épica. Ni mucho menos. No te puedo explicar un proceso concreto. Aparte la palabra ‘crear’ es tan altisonante, en realidad creamos muy poco. Más bien interpretamos cosas que ya existen, las juntamos con otras y acaban saliendo.
¿Lo reinterpretáis?
Cogemos de aquí, cogemos de allá, porque hoy en día crear algo que no se haya hecho ya es casi imposible. Lo que hago es ir jugando. Las prácticas que hacemos en el Estudios Bolivia, tanto yo como mis compañeros Jaume, Júlia, Mark, Diego o Laura, tienen mucho que ver con el hacer en físico. Es decir, puede haber una inquietud de un cliente que te pide algo concreto y eso ya te define un marco de trabajo. Puede ser una tipología, un sistema constructivo, una manera de trabajar, o unos materiales en concreto.
Pero lo tienes que interpretar también.
Tienes que interpretar pero ya está bastante cerrado y a partir de ahí puedes trabajar. Pero también viene de proyectos propios. En el estudio intento tener más o menos un cincuenta por ciento de proyectos propios que desarrollo y luego pueden acabar en proyectos para clientes, o al revés. Esto nos pasa mucho a todos. Hay proyectos para clientes que no se aprueban y te los acabas quedando tú, o al revés, hay proyectos para ti que son útiles para un cliente.
Tengo la impresión de que estás ideando proyectos continuamente.
Sí, totalmente, todo el rato, es más fácil dedicarse a uno mismo en el fondo. Es muy egocéntrico lo que te estoy diciendo, pero tiene que ver con algo que es mi profesión. Tengo dos hijos y trabajo muy bien de ocho a once de la noche. ¿Por qué? Porque todo está calmado, los niños duermen, no tienes que responder mails o llamadas y es un buen momento. Estoy trabajando para mí todo el rato de alguna manera, entonces eso da… no quiero decir una paz, más bien una justificación.

¿Qué pasaría si no pudieras hacerlo?
A mí me empieza a pasar que el tiempo ya existe. Al principio no, pero llegas a una edad en la que el tiempo es limitado y cuesta dinero.
Me interesa conocer tus proyectos más personales, los que tienen que ver con lo que inventas sin límites creativos. ¿Qué podrías decir de estos objetos?
Hace años desarrollé una colección de muebles para una escuela en Senegal y decidí que se tenía que fabricar todo allí. No es que hubiera ausencia de recursos, pero como en cualquier situación son limitados. El proyecto lo gestionó una fundación y había que hacer quinientas sillas y trescientas mesas. Esto requería una fabricación bastante grande en un corto periodo de tiempo. Se desarrolló un manual que de alguna manera marcaba unas directrices a partir de una serie de secciones de madera que allí eran bastante comunes. Se podían llevar a cabo las sillas, las mesas, el almacenaje. O sea, todas las piezas. De hecho, es un proyecto entendido como do it yourself, inspirado en el Autoprogetazione de Enzo Mari en muchos aspectos. Ahora quien quiera puede reproducirlo para uno mismo o para un proyecto social, pero no se le puede dar un uso comercial. El problema que tenía este manual era que las secciones que definen cómo hacer la pieza aquí no son muy comunes, son comunes allí. Tenías que ser un poco friki si lo querías llevar a cabo, o tienes que hacer grandes cantidades y conseguir un aserradero que te sacara esas secciones. De manera estándar era difícil. ¿Cómo podemos hacer estas piezas aquí? Y ahí empieza el trabajo de irme a todos los lugares más populares de madera, a pesar de que les tengo cierto recelo porque son maderas de unas calidades bastante dudosas. Seleccionas maderas que se pueden encontrar en casi cualquier superficie a las que cualquier persona puede acceder de manera fácil y encontré dos secciones que eran similares a la madera de Senegal. Tuve que rediseñar un poco las piezas, publiqué los nuevos diseños y ahora te puedes hacer una silla por quince euros, o una escalerita por catorce euros. Estoy desarrollando todo esto y claro, tiene truco. ¿Qué pasa aquí? No te lo haces por ese precio. El valor real de las piezas es que tú mismo lo vas a hacer y a la gente eso le divierte.
La vacuidad a la que estamos abocados nos aleja de la noción de que tú mismo puedes hacerte una mesa si quieres.
Sí, al menos debes tener la iniciativa. Mis padres tenían una habitación de bricolaje y la gente de mi generación tiene una caja de herramientas. Pero creo que ahora ya no hay ni caja de herramientas en las casas. Eso sí que se está perdiendo. Todo nos llega cada vez más procesado y seguramente lo siguiente que perderemos sean las cocinas. ¿Hay algo de esto? Te digo que sí, pero cuando lo estoy haciendo no viene de mi inquietud, o al menos no lo percibo así. Luego veo que la gente responde, lo hace y digo qué bien, lo están poniendo en práctica. Me parece un pensamiento muy idealista, como decir, te estoy haciendo ver que lo puedes hacer tú. Honestamente, lo que intento es resolver una pieza con estas limitaciones. Pero no estoy pensando en que puede ayudar a una familia a hacerse ellos mismos una pieza más barata. Es más un ejercicio conceptual de síntesis que tiene esa consecuencia.
¿Habría que abogar por una mayor socialización del diseño?
El diseño de autor en sí mismo es elitista. Pretender democratizarlo es un oxímoron. Te puedes dedicar a hacer un diseño que sea más social o generalista, pero seguramente competirá con el diseño de autor. Hay ejercicios de autores haciendo democratización del diseño. ¿Cuál es el precio de las cosas? ¿Es el diseñador el encargado de hacer que sean económicas? ¿Pero qué quiere decir económicas? Para que un taburete valga diez euros en la tienda, ¿qué está pasando en la cadena de producción? Igual el tema no es que las cosas sean baratas. Eso es democrático pero solo para el que lo compra, pero, ¿y el que lo ha hecho? ¿Y el que lo ha fabricado? Son cosas diferentes para mí. No creo que el precio sea lo democrático.
“La palabra ‘crear’ es tan altisonante, en realidad creamos muy poco. Más bien interpretamos cosas que ya existen, las juntamos con otras y acaban saliendo.”
¿Con qué ámbito cultural estás conectado?
Me he apropiado una teoría que a mí me sirve, que es la teoría de los barriles. No sé si tiene que ver con esto, pero yo al menos la tengo muy presente como para poner los pies en la tierra.
¿Y en qué consiste?
Tienes un barril que está lleno del mejor vino del mundo y otro lleno de mierda. Si coges un poco de vino y lo tiras donde la mierda, tienes mierda. Si coges un poquito de mierda y la tiras donde el vino, también tienes mierda. Es decir, es muy fácil que todo el rato se haga mierda porque en el proceso de hacer algo o de tener algo, tú puedes partir de algo que es mierda y por mucha genialidad que en algún momento le aportes seguirá siendo mierda. Y si tienes algo que está muy bien elaborado, en algún momento puede pasar algo y que también sea mierda. Aquí nace este ejercicio de sintetizar para que los elementos con los que cuentas jueguen un papel lo más austero posible. Me gusta pensar que el cliente, ya sea la marca que lo ha pedido o el que lo va a comprar, es el cliente, pero también lo son mi carpintero y el proveedor. Busco este equilibrio entre proveedor y cliente porque al proveedor, si intento ponérselo fácil, podremos tener un diálogo que genera un resultado positivo. Para mí es la cultura de ser muy consciente de que hay muchos factores que influyen en el proceso. David Martí, editor de Santa & Cole, siempre comenta que hay diseñadores que cuando ven el resultado dicen que ha salido muy bien pese a la marca, dando a entender que no les han dejado hacer lo que querían. O al revés, marcas que dicen: hemos podido hacerlo pese al diseñador. Esto es un error, es decir, es un trabajo en el que tú no diseñas con alguien como si fuera un adversario al que tienes que ganar, y la marca tampoco está luchando contra el diseñador. Es una especie de simbiosis entre este vino y esta mierda. Tienen que irse encontrando e intentar que haya más vino que mierda, pero de alguna manera ninguna de las dos cosas en su pureza va a estar.
¿Eso refleja el momento actual?
Sí, claro.
¿Cómo lo vives?
Me resigno bastante pero desde el humor. Ariadna, mi pareja, siempre lo dice: tú ya eres un señor mayor, pero me lo dice con humor. Todo se hace desde una visión de rentabilidad económica. Cuando la prioridad absoluta de todo y en casi todas las mentes es la rentabilidad y el beneficio económicos de cualquier cosa, esto hace que los factores más emocionales, más sensitivos, relativos a la humanidad, se vayan quedando en segundo plano. Y da rabia, pero es lo que hay. No sé si siempre ha sido así.
Pero ahí hay algún tipo de renuncia. Cuando aceptas que esas son las reglas del juego, ¿a qué renuncias?
No lo digo desde un punto de vista muy idealista. Hablo de esta agresión tan grande en la que vivimos, donde todo es economía, básicamente, y la economía es importante, pero está tomando un poder muy fuerte.

Miguel Milá decía que la utilidad fue el vehículo para querer hacer cosas que sirvieran y que el ingenio es un valor que le acercaba a los demás. ¿Te pasa lo mismo?
Sí, lo vivo de una forma más personal pero también me pasa. Creo que el ingenio se valora poco, y en concreto, el de Miguel Milá. Tiene un gran éxito hoy en día y no es por su ingenio sino por su estética.
Es curioso que guste más ahora que en los años 70.
El tiempo todo lo bueno lo hace mejor. La TMM o la TMC, que son estas piezas tan icónicas de Miguel, tienen su gran valor en el encendido de la lámpara estirando del cable, que es la parte más ingeniosa de la pieza. No sé cuánta gente le pone valor a eso o le está poniendo valor a una estética racionalista. A mí hay una cosa que me maravillaba cuando era pequeño: cuando las Olimpiadas del 92 yo tenía nueve años, y recuerdo ver la inauguración por la tele y ver cómo un arquero disparaba una flecha y encendía el pebetero. Desde ese momento di por hecho que así se encendían los pebeteros porque decía: no se me ocurre una manera más sintética. Pasaron cuatro años, vinieron otras Olimpiadas y vi que no lo encendían así. Tardé años en descubrir que los pebeteros no se encendían siempre con una flecha. Tiempo después, descubrí que la idea de disparar una flecha había salido en una reunión de brainstorming que había tenido Lluís Bassat con diferentes creativos y arquitectos y la idea fue de Carles Riart, un mueblista a quien admiro mucho. Lo que me gusta de él es que diseña con los pies en el suelo pero la cabeza en las nubes. Tiene esta capacidad de hacer las cosas reales, pero a la vez las dota de una fantasía formal muy especial. Para responderte sobre la cultura de lo mío, recurro mucho a esta historia admirativamente, aunque me siento a años luz. Esta sintetización de una flecha encendiendo un pebetero es un giro maravilloso de los acontecimientos.
Eso también tiene que ver con la cultura. La cultura está directamente relacionada con lo que uno hace, cómo uno concibe el mundo y cómo resuelve la vida en general. ¿Cómo evoluciona nuestra cultura? ¿Te preocupa?
Hablando de nuestro entorno, Barcelona todavía vive de ese momento. Todo el chute que tiene la ciudad viene de ahí. Cuando hablo de cultura me enfoco en el nicho de la arquitectura y el diseño, para no generalizar. Lo que está pasando ahora es que los que crearon esto o ya no están con nosotros, o empiezan a ser mayores y no hacen tantas cosas. Barcelona vive un poco de ellos. No hay sustitutos de nada nunca, cada uno es único y no es sustituible. No sé cómo evoluciona. También es verdad esto que dicen de que la tendencia en el momento no la sabes, solo la sabes cuando ha pasado el momento.
¿Puede ser que ellos hayan tapado a la generación que les precedía? ¿O ha habido un diálogo entre ambas generaciones?
No lo he visto nunca de esta manera. Acudo mucho a referentes de esta generación anterior que todavía están y otros que por desgracia no. Claro que han copado y ocupado espacios, pero también han atraído oportunidades y nos han dado mucho a nosotros para entender mejor el oficio. La ciudad todavía vive de eso pero es relevante lo que ha generado. Barcelona reúne a las mejores empresas de iluminación y de mobiliario a nivel mundial. Si piensas en empresas de iluminación potentes, están aquí y vienen diseñadores del mundo entero a trabajar con Santa & Cole, Vibia, Marset, etc. Quiero decirte que también esta gente ha generado unos modelos empresariales que dan oportunidad a otros. Que copan, bueno, sí, claro que copan, porque también es verdad que en la profesión del diseño o la arquitectura, como muchas otras, la experiencia se tiene muy en cuenta. Son trabajos de los cuales uno difícilmente se jubila. Pensar que unas generaciones no dejan paso a las siguientes no es exacto. Gracias a que están allí puede haber otras generaciones en activo.
¿Qué quieres transmitir a tus alumnos?
Dejé de dar clases en parte porque cuando empecé era más joven y sentía que cuando iba a dar clase salía cargado de energía. Te hablo de una generación que ahora debe tener treinta años y está viniendo con bastante fuerza. Un día me di cuenta de que salía de clase al revés, que me habían quitado las pilas, las había dado yo. Me dije: no voy a dar clases a un sitio del que salgo sin pilas. Y dejé de darlas. No soy muy fan de las escuelas de diseño. Volvemos a lo del principio, cuando se pone por encima el modelo de negocio a la manera de enseñar, hay una desproporción muy grande en la relación alumno-profesorado. Todo está enfocado a la matriculación y al negocio. No es que no dé clases por eso, pero hace tiempo que ninguna escuela me ofrece algo que me motive. Me gusta mucho dar workshops. Me interesa resolver un problema en poco tiempo, concentrar esfuerzos y tener una intensidad con un grupo de gente.
“El diseño de autor en sí mismo es elitista. Pretender democratizarlo es un oxímoron.”
¿Cómo recuerdas la experiencia de dinamizar un colectivo de diseñadores en la Plataforma Surtido?
Eso fue en el 2008, con esta cosa de que éramos la generación del diseño industrial. Lo más importante es que nos conectó a un grupo de cuarenta o cuarenta y cinco diseñadores y diseñadoras. Cuando empiezas es difícil que las marcas y las empresas apuesten por ti. En Surtido había una generación de diseñadores jóvenes y salió la idea de hacer cosas juntos –talleres, exposiciones– inventándonos a nosotros mismos. Montamos esta plataforma que nos aunaba para hacer ruido y llevar a cabo proyectos de manera más grupal, aunque manteniendo siempre la individualidad de cada uno. A partir de ahí salió la oportunidad de trabajar para empresas. Les ofrecíamos un servicio conjunto y lo gestionábamos. Había gente que ya estaba más situada, otra que menos y después de tres o cuatro años, se fue disolviendo. Guardo grandes amistades.
¿Tu método de trabajo está hoy más consolidado?
Sí, en este sentido sí. Tuve la galería, luego la editora con Villar y hace cuatro o cinco años quería tener un estudio a nivel personal, trabajando ya sea para marcas o también para proyectos a medida, pero muy enfocado en el diseño de mobiliario. Aquí se dan dinámicas divertidas, estamos en un espacio que comparto con Júlia, Jaume, Mark, Diego y Laura. Trabajo de manera natural y surgen proyectos que una vez más pueden dar soluciones conjuntas de manera individual, o nos juntamos para hacer alguna cosa, o también surgen dinámicas de uno con el otro, o el otro con el uno. Trabajamos como en el cole y nos ayudamos. Es otro momento. La vida son momentos.
¿Cómo afrontas el tiempo que queda por venir?
No sé qué decirte. Tengo un hijo de cinco años y uno de diez meses. Proyecto más en ellos que en mi trabajo. De hecho, cuando me preguntan a qué te dedicas, digo que soy padre. Sí, eres lo que haces, soy padre y luego soy diseñador para poder ser padre. En este momento, voy haciendo.
Cuando eres padre, ¿dejas de ser tú?
No dejas de ser tú pero ya no eres el protagonista. Y eso también está bien. Después de treinta y cinco años, dejar de ser protagonista en tu película y ser actor de reparto está muy bien.
Ahora eres el protagonista para tus hijos.
Hasta que cumplan una edad supongo que sí, pero esa es su película, yo estoy en la mía. En su película seguramente yo y Ariadna somos sus protagonistas, pero en la mía está bien ver cómo he pasado a ser un actor de reparto. Me relaja y hay menos presión en muchos aspectos. Lo que hago es para los actores principales.

Proyectándonos en el futuro, ¿qué te ilusiona diseñar?
No me da tiempo para pensar en el futuro. Siendo muy concreto, todavía no he hecho ninguna luz.
Supongo que la realidad te preocupa.
Nunca tanto como ahora.
¿Cómo definirías nuestro tiempo? Este momento extraño en el que todo puede ocurrir y a la vez no ocurre nada.
Totalmente. Lo que va a ocurrir no ocurre pero está ocurriendo. Lo que pasa es que vivimos el presente contando los días con cierta ansiedad. Pasa cualquier cosa en el mundo y por suerte y por desgracia te llega. Luego habría que ver cómo llega. Estamos en un mundo en el que cada uno dice lo que da la gana y es su verdad única y absoluta. Y se queda tan pancho. Aquí todos ganan o todos pierden, no hay nunca una derrota asumida por ninguno. Pones las noticias y todo el mundo está hablando de lo bien que le va y lo mal que está el otro en todos los aspectos. El futuro de los que vienen es más incierto. Pienso en mis padres y no creo que visualizaran un futuro incierto para mí. Tampoco a mis abuelos los imagino proyectando un futuro incierto para mis padres. Pero en este momento, no sé por qué, veo un futuro incierto para los que vienen. Y no sé cuánto hay de ilusión en esto. Lo cierto es que es una realidad muy macabra y surrealista.
Vivimos un momento de incertidumbre y de hiperconectividad que ha cambiado por completo nuestras vidas. Hay algo seguro y es que lo que conocíamos ya no está en el presente. Las necesidades también cambian. ¿Cómo percibes esos cambios?
Somos más artificiales. Hay avances más grandes y pasan cosas muy buenas. Hablaba con un amigo programador y me decía que es el momento más espléndido de la historia a nivel tecnológico y esto es emocionante. Jaume Ramírez dice una cosa que me gusta mucho. Compara al diseñador con el actor de teatro, en el sentido de que nos estamos quedando atrás. Es un arte que va a estar ahí siempre de alguna manera, pero se puede quedar estancado. Es decir, pensar en el diseño como una herramienta que va a cambiar el mundo, lo puedes pensar, pero como puedes pensar en cualquier otra cosa.
Parece contradictorio con la idea de que el diseño se asocia a la modernidad.
Vienen nuevas maneras de hacer que desconocemos. No sé cómo serán. Por suerte, la creatividad es algo que nada la hace mejor que el ser humano. Es el único capaz de crear porque tiene la experiencia vital. Puede tener un hijo, se le muere un padre, tiene un hermano, rompe con la pareja y estas cosas te generan este entorno necesario para crear o pensar. No existe otra cosa o entidad que pueda hacerlo. Lo haremos bien o mal, luego ya entraremos aquí en cómo lo haremos. Seguramente siempre habrá más mierda que vino, no lo sé. Esa tranquilidad la tengo.
“Igual el tema no es que las cosas sean baratas. Eso es democrático pero solo para el que lo compra, pero, ¿y el que lo ha hecho? ¿Y el que lo ha fabricado?”
¿Hasta hoy, has vivido la vida como la querías vivir?
Uy. No lo sé. La he vivido como la he vivido. La realidad que ha pasado es la única que ha pasado. Pensar en cualquier otra posible es fantasía. Es decir, el pensamiento de si hubiera no existe, es demasiado fantasioso.
Pero uno elige. Tú decidiste vivir un tiempo en Nueva York, luego te viniste a Barcelona, has elegido una profesión…
Sí, supongo que eliges. Pero pensar en qué hubiera ocurrido si no lo hubiera elegido, qué habría sido o cómo habría sido, es ciencia ficción. Tienes que dejar de planteártelo. Si te planteas el hubiera, o hubiese, es terrible. Es un tiempo verbal que no debería aplicarse porque habla de un mundo imaginario en el cual se supone que si yo no hubiera hecho eso, das por hecho que habría pasado eso otro, que es lo que supones que tú querías que pasara. ¿Y eso por qué? A lo mejor, al haberlo hecho habrías acabado igual, o en otra situación. La única realidad que existe es la que hay, es la que te va pasando. Y con esto no hablo de que haya un destino ni de que todo está decidido, ni mucho menos. Tomas decisiones que comportan una serie de situaciones. Es el camino que he ido eligiendo y no te sé decir qué hubiera ocurrido si hubiera elegido otras cosas. Lo pienso pero tampoco sé adónde me habrían llevado, ni sé si me habrían llevado a algo mejor o peor.
¿No hay renuncias?
Seguro que hay renuncias. Sí, claro que hay renuncias, pero esas renuncias forman parte de las aceptaciones.
¡No me digas que eres un estoico!
Me encantaría ser estoico. Sí, sí, aparte es una palabra que me encanta.
Suena muy bien.
Creo que el ser humano cae más en ser un mártir que estoico. De hecho me parece mucho más humano un mártir que una persona estoica. Es como tener hijos. Si me preguntas: ¿tú quieres tener hijos? Yo no sé si quiero tener hijos. Yo tengo mis hijos y a mis hijos los acepto. ¿Si vuelves atrás, tendrías hijos? Esa pregunta no puede ser, es inexistente. En el momento que los tienes, no me puedo arrepentir porque estos hijos son los que tengo. A veces es un poco lo mismo. Esta cosa de la aceptación, ya me gustaría que fuera desde el estoicismo, pero creo que no es tan desde ahí.
¿Vives la vida desde la esencia? Todos nos inventamos un poco a nosotros mismos y formulamos deseos que no se cumplen. ¿Tu esencia la reconoces, o estás muy lejos de validarla?
(Silencio). No sé, de pequeño me gustaba mucho inventarme identidades y creo que lo hago en el trabajo. Toda mi vida he jugado a tenis. Detrás de casa de mis padres había una pared grande y me podía pasar horas y horas jugando al frontón. Mis padres oían el ruido de la pelota contra la pared. Me podía pasar cinco horas seguidas. Me cogía unas piedras, las ponía allí y mi mente estaba jugando un campeonato donde yo era veinticinco jugadores e iba haciendo los partidos de todos, y al final ganaba uno u otro. Tenía en mi mente quién era el número uno, el número dos, el número tres, hasta el número veinticinco. Me creaba una especie de película y eso me hizo aprender a jugar bien. La práctica lleva algo bueno. En los entornos reales me divierte crearme mi propio escenario. También lo hago cuando hago diseño porque lo aterrizo a una realidad, a un cliente, pero me gusta poder crear un escenario donde esto aparece. Lo hago jugar, lo identifico sobre todo para divertirme, crear la historia y luego ya lo aterrizaremos. Aunque este juego sea una dinámica muy mental, puede parecer difícil de jugar.
Has dicho que te entretiene en el sentido lúdico.
Sí, creo algunos personajes pero ninguno soy yo. Es la manera que encuentro de entretenerme con una raqueta y una pelota contra una pared. Necesito un imaginario y un entorno para salir de esa repetición. Si me pasara cinco horas dándole a la pelota contra la pared, sería un estoico absoluto.
¿El otro es importante para ti?
Sí, para un diseñador el otro es el más importante siempre. Uno puede diseñar para uno mismo en primera instancia. No diseño nada que no tendría en casa. Tú eres tu primer filtro en cualquier cosa que diseñas o piensas, pero luego haces el ajuste necesario, que a veces es mayor o menor para llegar a los demás.

